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El Olimpo es un infierno

  • Julieta Lomeli

  • 4 sept 2022

  • 2 Min. de lectura

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El Olimpo es un infierno

Me gustaba vivir entre editores y libros, deleitándome con muchos platillos preparados por la inteligencia. Disfrutaba la lectura en el pequeño claustro, con artículos históricos, y detalles de anticuario; me sumergía en comparar palabras anglosajonas con mi teutón más refinado, resignificándolas con el espíritu de mi propia lengua. Todo esto y sin infringir la metodología de la lectura disciplinada de brillantes escolios contemporáneos escondidos entre notas al pie y párrafos arbitrados por aspirantes a las ciencias verdaderas.

 

Aún y con el empeño, veía mis pequeños pensamientos muy distantes del cielo. Envuelta en una oscuridad abrumadora, el luminoso Olimpo movilizaba mi corazón. Las mías solo eran letritas de una copista frívola, proyectadas desde mi humilde caverna. Eran sólo remedos de ese Olimpo perfecto habitado por seres de abolengo.

 

Nunca entendí por qué fui juzgada como hereje al comprar cada una de las orquídeas de aquella florería, o como una loca por estar segura de conquistar el cielo, elevándome con fuerza y velocidad, con amor y empatía por aquel abolengo, pero sin ropajes ni máscaras ridículas.

 

Tenía la sensación de que solo podría tener acceso a unos cuantos escalones porque subir toda la escalera volvería furioso a un montón de eurgomenos ortodoxos, aunque al final y en secreto, siempre pensé que esos monstruos sí deseaban volver a prender el fuego prometeico. Pero aterrorizados ante la posibilidad de quemarse, preferían apagar cualquier chispa, cualquier emoción desbordada o pizca de notable creatividad por el miedo de incendiar sus rígidos aposentos. Optando así por utilizar luz artificial.

 

Nunca he sabido que alguno de ellos fuera tan audaz como para comprometer toda su vida con el pensamiento, o mostrar al público su pasión y sentimientos aunque los buitres les desmenucen el hígado, o los condenen al exilio poético.

 

 

A pesar de ser individuos muy normales, ninguno de ellos baja la cabeza o nos mira como iguales. Aunque alguna vez lo hicieron solo para robarse nuestros suspiros de eunucos enamorados de sus blancos cabellos, sin devolvernos una sola mirada de empatía, vinieron y no hicieron nada más que exprimir nuestros afectos. Pero el idealismo sigue, la escalera brilla con el sol, y entonces es cuando aprovecho para subir una y otra vez, esperando alcanzar el cielo. Aunque el Olimpo sea un infierno.

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